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John Hay, retrato.

John Hay, retrato.

El diplomático norteamericano John Hay opinaba que la verdadera historia podría buscarse mejor “en las anécdotas personales y las cartas privadas de quienes hacen la historia”. No soy historiador y por tanto no voy a inmiscuirme en una disciplina que conozco únicamente de manera tangencial por lo que leo o puedo conversar con doctos en la materia, pero sí tengo claro que en ciencia la aseveración anterior también suele ser cierta: para muchos, las historias de la vida privada de Einstein o Watson & Crick (por citar dos ejemplos) son más atractivas, o en cualquier caso más accesibles y amenas, que sus propias obras.

Obviamente, sería absurdo pretender que estos retazos del pasado científico vayan a poner al lector en un camino accesible hacia el conocimiento científico, pero con este serial que hoy aquí comienza, espero al menos arrojar luz sobre la historia de la ciencia y la importancia de los hallazgos derivados de este anecdotario de “eurekas”, aliviando con ello el trauma que a menudo supone enfrentarse a una disciplina tan árida como puede ser la ciencia (por el mero hecho de que los científicos no mostramos interés en hacerla accesible a todo el público).

Antes de comenzar con este breve, me gustaría hacer una observación que considero imprescindible y que le hará más amena la lectura (siempre lo pretendemos, no es que seamos pretenciosos, es que ese es el fin de este canal). Verán, la ciencia difiere de otros dominios del esfuerzo humano en que su “sustancia” no proviene de la actividad de aquellos que la practican, es decir, la naturaleza del átomo habría sido descubierta o descrita aunque Bohr & Rutherford no hubiesen vivido; simplemente habríamos tardado más tiempo en hallarlo. Por todo ello, les invito a que piensen que los protagonistas de estas anécdotas pudieron ser sus abuelos, padres o incluso usted, humilde lector.

Imagen de Andrew Nalbandov

Imagen de Andrew Nalbandov

Dicho esto, podemos empezar nuestro relato. Éste comienza a las dos en punto de una madrugada de 1.940, cuando el fisiólogo de la Universidad de Wisconsin Andrew Nalbandov se dirigía a casa tras un día de jolgorio y fiesta. El camino de vuelta a su domicilio le hacía pasar por el laboratorio, y al mirar, se sorprendió al ver que las luces del animalario estaban encendidas.

Nalbandov había estado luchando durante largo tiempo con un problema ciertamente irritante, pues intentaba descubrir la función de la glándula pituitaria (que en la actualidad sabemos es la fuente de un grupo de hormonas esenciales encargadas de controlar un amplio abanico de actividades corporales, entre ellas la actividad sexual). La pituitaria o hipófisis está situada justo debajo del cerebro y es difícil de obtener quirúrgicamente, hasta el punto de que, por aquella época, todos los intentos de extirparla de los animales, en particular de gallinas, habían llevado a su muerte en cuestión de días, de modo que no había posibilidad de ver si, y de qué manera, los animales podrían sufrir disfunciones cuando se les privaba de esta glándula.

Localización pituitaria en el cererbroAsí lo describía el propio Nalbandov según el testimonio de W.I.B. Beveridge, autor del libro The Art of Scientific Investigations: “Ni la terapia de reemplazamiento ni ninguna otra precaución servían y yo estaba a punto de aceptar la idea de A. S. Parkes y R. T. Hill, quienes habían hecho operaciones similares en Inglaterra, de que las gallinas hipófisis-sectomizadas sencillamente no podían vivir. Me resigné a hacer unos pocos experimentos a corto plazo y abandonar el proyecto cuando, repentinamente, un 98 por 100 de un grupo de aves hipófisis-sectomizadas sobrevivieron durante 3 semanas y muchas vivieron hasta 6 meses. La única explicación que pude encontrar era que mi técnica quirúrgica había mejorado con la práctica. Aproximadamente en esta época, cuando estaba listo para iniciar un experimento a largo plazo, las aves empezaron a morir otra vez y en algunas semanas, tanto las aves recién operadas como las que habían vivido varios meses después de la intervención, habían muerto. Esto, por supuesto, desmentía la eficiencia quirúrgica. Continué con el proyecto puesto que ahora sabía que podían vivir en algunas situaciones que, sin embargo, se me escapaban. Aproximadamente en esa época tuve un segundo período de éxito durante el que la mortalidad era muy baja. Pero, a pesar de cuidadosos análisis de registros [se consideró y eliminó la posibilidad de enfermedad y muchos otros factores] no aparecía ninguna explicación.

Esquema con las hormonas secretadas por la pituitaria

Esquema con las hormonas secretadas por la pituitaria

Puede imaginarse cuán frustrante era ser incapaz de sacar provecho de algo que obviamente estaba teniendo un profundo efecto en la capacidad de estos animales para resistir la operación. Una noche, después de una fiesta que terminó a última hora, volvía a casa en coche por un camino que pasaba por el laboratorio. Aunque eran las 2 a.m., las luces del animalario estaban encendidas. Pensé que algún estudiante descuidado se las había dejado y me detuve para apagarlas. Algunas noches más tarde advertí otra vez que las luces habían estado encendidas toda la noche. Al investigar, resultó que el conserje suplente, cuyo trabajo era asegurarse a media noche de que las ventanas quedaban cerradas y las puertas bloqueadas, prefería dejar encendidas las luces del animalario para poder encontrar la puerta de salida [los interruptores no quedaban al parecer cerca de la puerta]. Posteriores comprobaciones mostraron que los dos períodos de supervivencia coincidían con las ocasiones en las que el conserje suplente estaba ocupando el puesto. Los experimentos controlados demostraron pronto que las gallinas hipófisis-sectomizadas mantenidas en oscuridad morían, mientras que las gallinas iluminadas durante dos períodos de una hora por la noche vivían indefinidamente. La explicación era que las aves en la oscuridad no comen y desarrollan hipoglucemia […], mientras que las aves que están iluminadas comen lo suficiente para prevenir esta carencia. Desde entonces ya no sufrimos ninguna dificultad para mantener las aves hipófisis-sectomizadas el tiempo que quisiéramos”.

Lo que sin darse cuenta había descubierto Nalbandov era la implicación de la pituitaria en el ciclo de vigilia-sueño (íntimamente relacionado a las fases de luz-oscuridad) o con la hormona del crecimiento (GH) entre otras muchas. En definitiva, inició un nuevo capítulo en la historia de la investigación endocrinológica.

 

Autor Eduardo Bazo Coronilla

Licenciado en Biología. Fue colaborador del grupo de investigación PLACCA (Plantas Acuáticas, Cambio Climático y Aerobiología) en el Dpto. de Biología Vegetal y Ecología de la Facultad de Farmacia (Sevilla). Micófilo

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