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Arquetipo cinematográfico del muerto viviente o zombie.

Arquetipo cinematográfico del muerto viviente o zombie.

Allá por el año 1932, la mente de Víctor Halperin creó la que probablemente sea la primera aparición en la gran pantalla de un personaje de ficción muy de moda últimamente gracias a series como “Walking Dead”: el muerto viviente o zombi. En aquella cuasicentenaria película podíamos ver al “monstruoso” Bela Lugosi, referente por antonomasia del cine de terror del siglo XX que encarnó a personajes como Drácula o Ygor en el “Hijo de Frankenstein”, representando el papel del siniestro personaje Legendre, quien operaba en la alejada isla de Haití convirtiendo a las personas en muertos vivientes.

Debo hacerles una advertencia, ya que si lo que andaban buscando era una crítica cinematográfica, este no es el lugar adecuado. En esta web tratamos única y exclusivamente temas de divulgación científica y ésta es la única labor que me ha encomendado el jefe, so pena de ser fustigado públicamente en la plaza del pueblo, y puesto que no quiero sacar al “Hulk” que esconde su aparentemente apaciguada personalidad, no voy a arriesgarme. Además, hay un motivo de mayor peso para que se queden con nosotros, los muertos vivientes no son sólo personajes de ciencia ficción. ¡VIVEN Y ESTÁN ENTRE NOSOTROS! ¿No se lo creen? Aguarden unos minutos y me acabarán dando la razón.

Bela Lugosi. El actor magiar es sinónimo de películas de terror, interpretando a personajes como Drácula.

Bela Lugosi. El actor magiar es sinónimo de películas de terror, interpretando a personajes como Drácula.

En 1880 el neurólogo francés Jules Cotard presentó en una conferencia en París a una dama de 43 años, a la que llamó ante sus colegas de disciplina por el nombre de Mademoiselle X. Bajo este nombre en clave, se ocultaba un paciente que según sus palabras, aseguraba no tener “ni cerebro, ni nervios, ni pecho, ni entrañas, tan sólo piel y huesos”. A semejante trastorno neurológico Cotard lo denominó delirio de negación o alucinación nihilista, aunque a día de hoy se le conoce también con el nombre de síndrome del zombi o con el del científico que lo describió: síndrome de Cotard. Así, durante el transcurso de este síndrome, el individuo afectado llega a creer que sus órganos internos han dejado de funcionar y que incluso ya han empezado a pudrirse y descomponerse orgánicamente, llegando a presentar en algunos casos alucinaciones olfativas que confirmarían su delirio (literalmente, algunos sujetos como el conocido en la revista New Scientist bajo el nombre de “Graham” decían percibir el olor a carne en putrefacción que emanaba de su cuerpo).

¿Qué desencadena este síndrome? ¿Cuál es la explicación científica al hecho de que estas personas consideren que vagan por nuestra tierra como “inmortales almas en pena”, fruto de su tránsito incompleto al “otro mundo”? Es interesante y necesario diferenciar dos casos particulares: el caso de “Graham”, desencadenada según los investigadores de New Scientist por un delirio fruto de una depresión más grave al no haber afrontado el fallecimiento de su esposa; y el caso de un joven que sufrió un accidente de motocicleta que le ocasionó un grave daño cerebral.

Fotografía tomada al sujeto conocido como "Mademoiselle X", presentada a la comunidad científica por Jules Cotard (a la derecha de la imagen) como el primer caso clínico de "negación del yo".

Fotografía tomada al sujeto conocido como “Mademoiselle X”, presentada a la comunidad científica por Jules Cotard (a la derecha de la imagen) como el primer caso clínico de “negación del yo”.

Me van a permitir empezar por el final. El caso del chico que sufrió daño cerebral como consecuencia de su accidente de circulación fue descrito como un nuevo caso de síndrome de Cotard a finales de los 80’s y principios de los 90’s por los investigadores Young y Leafhead. De esta manera recogieron su experiencia ante semejante caso: “Los síntomas [del paciente] se dieron en el contexto de sensaciones más generales de irrealidad y de estar muerto. En enero de 1990, después de recibir el alta en el hospital de Edimburgo, su madre lo llevó a Sudáfrica. Estaba convencido de que había sido llevado al infierno, y que había muerto de septicemia, o quizá de sida, o de una sobredosis de una inyección contra la fiebre amarilla.” En definitiva, estaba convencido de que era un muerto viviente, un zombi.

En el caso del paciente conocido como “Graham”, la aparición del síndrome fue resultado de una severa depresión como mencionamos anteriormente. Podríamos decir que aparece en su vida en un momento de enfermedad o perturbación mental, lo que le hace desarrollar particularmente la idea de desrealización de su persona y negación del yo. Tan fuerte es la negación del yo que fueron numerosas las ocasiones que Graham quiso cometer suicidio contra su persona, aunque debemos advertir que fruto de su “delirio”, ya que al considerar que estaba muerto no necesitaba comer, lo que le llevó a la antesala de la muerte por inanición. Laureys, el médico que trató a “Graham”, llegó a la conclusión de que eran tantos y tan diversos los antidepresivos que tomaba su paciente, que lo que desencadenaron de manera sinérgica fue un aumento de la misma. Hasta tal punto llega el caso, que el daño que parecía estar causándole semejante cocktail se descubrió en los resultados de una tomografía PET (tomografía por emisión de positrones, que lo que hace es medir la actividad de una determinada zona del cuerpo por medio de su actividad metabólica), la cual desveló que los niveles de actividad presentados por “Graham” a lo largo del lóbulo frontal y el cerebro parietal eran tan discretos que podían confundirse con los de una persona en estado vegetativo, como ya habrán podido advertir.

Portada del libro "La nariz de Charles Darwin y otras historias de la neurociencia", obra de José Ramón Alonso.

Portada del libro “La nariz de Charles Darwin y otras historias de la neurociencia”, obra de José Ramón Alonso.

Quién mejor que José Ramón Alonso para que nos adentremos en el interior del cerebro de un enfermo de Cotard o síndrome zombi. Sirva su libro, “La nariz de Charles Darwin”, para conocer de cerca qué es lo que ocurría en el cerebro de estas dos personas, ejemplos del síndrome que hoy les relato: “Las personas con el síndrome de Cotard experimentan algunos cambios cerebrales y mentales llamativos: tienen una atrofia cerebral marcada en el lóbulo frontal medial, se desconectan visualmente, no tienen memoria emocional de los objetos ni del mundo que les rodea. Se piensa que en el síndrome de Cotard intervienen distintos componentes cerebrales. Además de la corteza cerebral, estaría la amígdala, relacionada con las respuestas emocionales, con las secreciones hormonales, con las reacciones del sistema nervioso autónomo asociadas con el miedo o con el llamado “arousal”, un término inglés de difícil traducción y que implicaría alerta, excitación, interés”.

Como ven, sendos casos (los más conocidos después del de “Mademoiselle X”) se ajustarían a las características y los daños cerebrales definidos líneas arribas en boca de Alonso. Esto da mucho que pensar al respecto, pues tras indagar en esta enfermedad, y por más materialistas que seamos los científicos (entiéndase materialismo como contraposición filosófica del idealismo), nuestra existencia cerebral parece seguir derroteros más metafísicos, dado que parece empeñada, tras ver lo que hace con los enfermos de Cotard, en querer hacernos vivir sólo si podemos sentir, llegando al extremo de negarnos la existencia si no podemos hacerlo. Probablemente tenga razón esta disertación propia o en caso contrario, que no la tenga y sean sólo elucubraciones mías. O probablemente tenga razón Charles Manson y la muerte sea psicosomática.

Autor Eduardo Bazo Coronilla

Licenciado en Biología. Fue colaborador del grupo de investigación PLACCA (Plantas Acuáticas, Cambio Climático y Aerobiología) en el Dpto. de Biología Vegetal y Ecología de la Facultad de Farmacia (Sevilla). Micófilo

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