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Del comportamiento de los animales y del comportamiento de los humanos

Del comportamiento de los animales y del comportamiento de los humanos

Algo que todavía nos inquieta y sorprende de múltiples formas son las historias en las que escuchamos cómo un animal hace algo “casi humano” o demuestran un ingenio, unas emociones y unas formas que, de alguna forma, nos chocan en algún punto de nuestro fuero interno. “Qué inteligentes son en realidad”, “qué sabia es la naturaleza”, “es que los animales en el fondo también tienen sentimientos”. Algunas solamente nos causan un placer curioso como los miles de videos en internet de gatitos holgazaneando, perros cantando con una canción, periquitos bailando, tigres abrazándose a sus cuidadores o cisnes colocándole bien la mascarilla a los turistas que se ganan nuestra atención. Otras nos perturban hasta la médula, como las que nos pudo producir la noticia de la madre osa que se suicidó a golpes contra las barras de su jaula tras estrangular a su hijo abrazándolo al oírlo gritar mientras le perforaban el vientre en una granja de bilis. Y es que todas esas imágenes evocadoras nos fascinan y perturban porque, todavía a día de hoy, en nuestro imaginario colectivo los animales son eso, animales, mientras que los humanos somos una categoría aparte, dotada de cualidades que los diferencian por completo. Cuando observamos cómo los animales sienten, se comportan y actúan, esa base que separa la cúspide humana del resto del reino animal se difumina y, entonces, el lugar en el mundo que nos hemos inventado se tambalea. Y si decía Burroughs que pánico es lo que se siente cuando uno se da cuenta de que todo lo que le rodea está vivo, desde luego una emoción muy parecida es la que puede sentirse cuando uno se da cuenta de que, en realidad, es también un animal más.

Si bien hay diferencias, a priori, obvias entre humanos y animales, no es menos cierto que también existen entre los distintos grupos y especies de este grupo categórico y conjetural que llamamos “animales”, hasta el punto de que a algunos –como las esponjas, los corales o las ascidias– nos ha llevado bastantes siglos reconocerlos como parte de nuestro selecto club. Y es que no es casualidad que la palabra animal y la palabra ánima (espíritu, fantasma, alma) compartan la misma raíz léxica: un animal es precisamente aquello que, en nuestro imaginario, tiene espíritu, que está “animado”. Y dentro de esta animación, las diferentes y múltiples esArpes animales se han diversificado en formas festivas, llenas de ornamentos y caprichos evolutivos, pero también de diseños hechos para la caza y la supervivencia, pues otra característica propia de los animales es que necesitamos comer, por un lado, y evitar ser comidos, por otro.

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Autor Juan Encina Santiso

Profesor de ciencias, graduado en Biología por la Universidad de Coruña y Máster en Profesorado de Educación Secundaria por la Universidad Pablo de Olavide. Colabora en proyectos de divulgación científica desde 2013 como redactor, editor, animador de talleres para estudiantes y ponente. Actualmente, estudia Psicología por la UNED.


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